martes, 16 de mayo de 2017

Estoy esperando que me digáis si os gusta mi traje nuevo

Piensa en la luz. Una luz tácita, esdrújula, ¿vale? Ahora percibe el color que da esa luz en las cosas, ¿no te parece níveo, casi obsceno? En cambio, cierra los ojos fuerte, piensa en la noche picuda y alegre, llena de retazos ocre y casi táctil. Siéntete envuelto como abrazo de carne podre y cálida. Ahora mezcla ambos aromas, no la luz o la falta de ella, sino a lo que huelen. Ese olor sucio, erótico, terne como ángel cogido en falta por el mismo Dios que lo sorprende extasiado acariciándose las nalgas con las plumas suaves de sus alas en un goce ignorado. Pues eso precisamente, si alcanzas a verlo, eso que se va si respiras fuerte o te distraes con una paloma, eso que si lo miras de frente nunca existió, eso es lo que digo,... no sé si me entiendes.

Es fácil juntar palabras y que parezca que dicen algo. Y hasta es fácil asignarles un significado una vez escritas. Un significado críptico, sugerente. Ese no es, pues, el mérito. El mérito es convencer a los otros de que este traje, de la más finísima tela, tan delicada y hermosa que los tontos, los idiotas, los incapaces, no pueden apreciarla, te vestirá regiamente hasta provocar la admiración de todos. 

jueves, 11 de mayo de 2017

¿He cambiado?

Al final,
lo que me gustaría creer
es que he cambiado,
comprendido, lo suficiente
como para saber que,
si volviera a vivir,
mi vida, esa nueva vida,
no sería la misma.

Quiero decir: si uno se piensa, ¿cree que ha cambiado con el paso de los años? Obviamente han cambiado cosas ahí fuera, has tomado decisiones que podían haber sido otras, pero ¿de verdad cambiaron esas decisiones tu vida?, ¿de verdad podía haber sido otra vida si hubieras elegido la otra alternativa? Pienso mucho en esto, y en lo igual que me he sentido siempre a mí mismo. Traicionándome siempre de la misma manera, siendo fiel a mí mismo, siempre, en los momentos esperados. Olvidándolo todo poco después. Enfrentándome a nuevas circunstancias siempre con la misma inexperiencia. No. Leo aquellas libretas de los veinte años y no percibo cambios. No soy más “maduro”, no he despejado ninguna de aquellas dudas esenciales. No soy más valiente, desde luego, y en cuanto a conocimientos y habilidades, apenas lo que podía esperarse de haberme hecho más viejo. Todo lo más, ahora mi letra se entiende mejor. Ya pienso obsesivamente en la muerte (aunque no lo reconozca abiertamente y emplee ese tono de cinismo burletero que intenta ponerme por encima de los miedos). Y aún sigo pensando que el nudo puede deshacerse sin necesidad de cortarlo. Tal vez lo que me falta por aprender es a usar la espada. Como hacía Buñuel, dar la vuelta a la cámara y enfocar lo que está al otro lado de ese hermoso paisaje que nos hemos empeñado todo el rato en enfocar para hacer una película bonita. Mirar más cerca y con menos condicionantes. Simplemente comprender lo que soy y no empeñarme tanto en querer ser todo lo demás. 

martes, 9 de mayo de 2017

Monstruos

Hay que dejarse fecundar por el azar.

Quiero decir, el mundo que percibimos es un estrecho mundo, férreamente filtrado por nuestra consideración. Sólo dejamos pasar aquello que nuestra propia consideración considera aceptable, y rechazamos incluso antes de conocerlo, aquello que ya tenemos catalogado como inaceptable, entre lo que, a menudo, incluimos lo desconocido, lo que hasta ahora no habíamos conocido. Así vamos conformando nuestro mundo en torno a nosotros, amigos, gustos, placeres, pensamiento, rechazos, odios, lo que sea. Y a fuerza de cegarnos a cualquier otra cosa acabamos creyendo que ese es el mundo, que el mundo es lo que nosotros percibimos. Y de pronto aparece algo extraño a ese mundo, y nos quedamos aterrados porque para nosotros es un monstruo, es decir, un ente inconcebible en lo que hasta ahora considerábamos mundo. Los monstruos son todo eso que acecha en la oscuridad más allá de nuestra percepción. Pero no son monstruos, lo mismo no son monstruos nuestros rechazos o nuestros odios, sabemos que rechazamos a determinadas personas, determinados peligros, rechazamos determinadas comidas porque las sabemos desagradables o tóxicas, eso no son monstruos, porque sabemos que están ahí y los rechazamos o los ignoramos a propósito. Lo que ocurre con los monstruos es que para nosotros no existen y si de pronto surgen en nuestro mundo parecen hacerlo de la nada, de la oscuridad, de donde no creíamos que hubiera nada.
Por eso hay que mantener la puerta abierta al azar. No controlarlo todo, dejarnos cuando menos explorar lo desconocido, a lo que hemos llegado sin elegir, sin decidir, solo eso nos va a permitir incorporar nuevos elementos a nuestro mundo y nos va a entrenar para aceptar o rechazar novedades sin calificarlas de monstruosas o sobrenaturales.