viernes, 23 de septiembre de 2016

La lengua de Wittgenstein

Ayer me tropecé la frase, leyendo a Joan Margarit: De lo que no
La lengua de Wittgenstein
se puede hablar, hay que callar
, dicen que dijo o escribió Wittgenstein. Lo citan mucho, pero, hasta ahora nunca se me había ocurrido pensar qué es lo que significa.  Y, pensándolo, descubro que puede significar varias cosas. ¿A qué se refería el filósofo?

Lo primero que me pregunto es: ¿por qué no se va a poder hablar de algo?
Ahora mismo encuentro tres razones: por imposibilidad, por prohibición o por desconocimiento.

Si es por imposibilidad, es decir, si es porque eso de lo que no se puede hablar es porque resulta imposible describirlo con palabras, entonces cualquier alusión a ello resulta un juego inútil, una mera construcción verbal huera. No es que haya que callar es que es imposible hablar. Así que, lo de que haya que callar no resulta una orden sino una consecuencia de que simplemente es imposible hablar de ello.

Sin embargo si es por prohibición, no te está permitido hablar de determinadas cosas y por lo tanto te ordeno que calles. La frase no va más allá. Uno imagina a un dictador dictando la orden, de esto se puede hablar, de esto otro no, que se cumpla. No sé por qué me viene a la mente una anécdota sobre Milton Nacimento, un cantante brasileño que se hizo famoso por sus tarareos. ¿Y por qué tararea usted?, le preguntaron. Pues porque el gobierno me tenía prohibido que cantara esa canción, así que decidí tararearla. Era una forma de hablar sin palabras, que invocaba en la mente de los oyentes, que ya conocían la canción y las palabras prohibidas, esas palabras. Y aún en los que no las conocían, pues la importancia de aquellas palabras estaba en la rebeldía que contenían y no ellas mismas, y el tarareo despertaba en ellos esa rebelión que era lo que pretendían hacer las palabras explícitas.

Por último está el desconocimiento. Si lo desconoces, ¿cómo vas a encontrar palabras para describirlo? Si aún así te empeñas en hablar, necesariamente no estás hablando de ello, sino de otra cosa. Esto es equivalente a empeñarte en hablar de algo de lo que es imposible hablar. Si hablas, es de otra cosa, necesariamente.

¿Qué nos enseña entonces la frase de Wittgenstein?, supongo que lo que nos quiere decir es que no andemos perdiendo el tiempo en hablar de lo que no se puede hablar, sea por imposibilidad, sea por desconocimiento. Si hablar de ello no aporta ningún beneficio, ningún progreso, mejor gastemos nuestras fuerzas en otra cosa.

Este Wittgenstein tenía una especie de fijación con lo de las palabras. Yo no lo he leído nunca, apenas estas dos o tres citas sé de él. Pero otra cita es muy reveladora.

La filosofía es una lucha contra el embrujamiento de nuestra inteligencia mediante el uso del lenguaje

 y aún una tercera:

 “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo

La de arriba parece prevenirnos contra el lenguaje y la construcción en la que su uso nos hace vivir. En cambio en la de abajo creo entender que esa construcción es precisamente a lo que podemos llamar mundo, y mas allá de ella, es decir, todo eso que pudiera existir fuera y que no podemos expresar con lenguaje, no existe para nosotros.

No acabo de comprender si este hombre cree que hay mas mundo pero a nosotros, seres alenguajados, nos resulta imposible acceder a él y por lo tanto no deberíamos andar preocupándonos  por ello, o, por el contrario, no cree que haya más mundo, sino que la demostración de la inexistencia de algo es la imposibilidad de abarcarlo con el lenguaje.

Supongo que alguna vez tendré que leerlo más allá de estos titulares para salir de dudas. O preguntarle a alguien que sepa. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

En una ciudad extraña

Caminé por la acera de aquel barrio desconocido, medio a oscuras, con cierto temor, aunque aún con la seguridad de no haberme perdido. En cuanto alcance aquella esquina seguro que veo la torre que me servirá de referencia para llegar al hotel.
Alcancé la esquina y doblé, pero era un callejón sin apenas iluminación. Al fondo una lucecita. Avancé sin mucha decisión. La lucecita era la de una farola amarillenta. El callejón terminaba en un muro. Al pie del muro algo se movía. Me acerqué.
Había dos ratas sentadas a una mesa, una frente a la otra, ante sendos platos pequeñitos que contenían..., comida debía ser, porque con las patitas delanteras manejaban unos diminutos cubiertos que utilizaban para seleccionar y cortar la comida, que se llevaban luego a la boca mientras se miraban una a la otra y hacían ruiditos chuiiic chuiiic chuiiic.
Cuando notaron mi presencia quedaron detenidas, como congeladas mirando hacia mí. Una con una patita en el aire sosteniendo aún el cubierto en el acto de llevárselo a la boca, con un trocito de algo pinchado en él. La otra con ambas patitas sobre la mesa, una de ellas muy cerca de un trozo de pan. Hasta la vela pareció congelarse en su danza de fuego.
Retrocedí muy muy despacito.

martes, 20 de septiembre de 2016

Cartas de amor de una butifarra.



Estoy sentado en un probador de palanganas. Butifarras desnudas pasan a un lado y a otro intercambiándose ascos, sonrisas, felpudos, empujones. Me ignoran. No les importa mi presencia pese a que estoy cantando también. Yo no me pruebo nada, sólo miro y una estúpida sonrisa ilustra mi regocijo interior. Mi regocijo exterior resulta evidente. De pronto perciben la evidencia y se reúnen en torno a mí.
 Ahora sonrío abiertamente sin asomo de pudor. Encajo sus burlas y participo de sus toqueteos. Estiro una mano y palpo un camión, aprovecho para besar un reverendo que pasa junto a mi boca, agarro una libélula y un grácil mondongo se me viene encima.
Una mano curiosa comprueba la rigidez de mi zapato. Otra vierte una lluvia de talco sobre él y lo convierte en un extraño muñeco de nieve. Se impone el silencio mientras observan el efecto. Una se adelanta y, colocándose a horcajadas, funde lentamente mi pensamiento con el suyo. Me mira mientras se balancea lentamente. Cierro los ojos. Recibo un pelotazo. Siento que la pimienta se incorpora y no trato de detenerla.  Al momento es sustituida por otra. Y más tarde por otra más. Me voy dentro de la quinta corbata que monta sobre mí. Es un manglar pausado y eterno. La pimienta me premia con un largo pelotazo y se retiran. Luego vienen con agua caliente y esponjas  me lavan todo el mondongo con mucha suavidad. Me untan con excrementos perfumados y me dan patadas. Después me quedo dormido.

Otros relatos del autor:
Momentos en la vida de una palangana.
La inefable y por ello escrita historia de un pepinillo.
Memorias de una sartén.
Vida y hechos del plafón del comedor.
Inquietudes y aventuras de un mosquito en la sopa.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Madre e hijo

¡Qué miedo tengo, mamá!
Nada temas, hijo mío; nada temas.
¿Por qué?
¿Por qué, qué?
Por qué no he de temer nada.
Porque yo estoy aquí.
¿Y eso cómo me va a quitar el miedo?
Te protegeré de todo peligro.
Y si el peligro es muy grande.
También.
¿Tú no tienes miedo?
Cuando estoy sola, sí. Pero no cuando estoy contigo.